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Nueve Cartas a Berta

Canciones para después de una guerra

Queridísimos verdugos

Caudillo

Los paraisos perdidos

Madrid

La seducción del caos

Casas Viejas

 

Ojos verdes

Silverio y el Museo Japonés

El jardín de los poetas

Paraisos

Carmen y la libertad

Octavia

Homenaje a Madrid

Críticas generales

 

 

CANCIONES PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA


Crónica de Madrid. Las Canciones.

Con las canciones de los años 40 y 50, cuplés de la calle e himnos de guerra, canciones golfas y estribillos de la picaresca, ha hecho Basilio M. Patino una película estremecedora, Canciones para después de una guerra, que es el álbum vivo, sepia y doloroso de un puñado de años españoles.
(...) Quienes fuimos efectivamente, niños de la guerra, tenemos nuestra vida muy delimitada, nuestra biografía potenciada por una deflagración civil de la que arranca nuestra propia existencia. Basilio M. Patino, siguiendo una línea de fidelidad a sí mismo que iniciara poéticamente en Nueve cartas a Berta, ha escrito ahora las memorias de todos nosotros, ha filmado nuestras fotos familiares, los tebeos que leíamos, las películas que vimos, la pedagogía triunfalista y pintoresca en que fuimos forjados.
(...) Canciones para después de una guerra no es una película argumental. Patino libera en ella al cine español de la servidumbre argumental, que es una servidumbre heredada por el cine de la novela, una servidumbre burguesa.
La película de Patino viene a llevar esto a sus últimas consecuencias y, además de constituir unas conmovidas memorias generacionales colectivas, le abre al cine español la posibilidad de empezar a liberarse en alguna medida del imperativo alienante de un guión narrativo, de una filmación novelada.
(...) Canciones para después de una guerra es por fin, la película de toda la infrahistoria de España, la cinta que viene a redimirnos de tanto celuloide convencional, triunfalista, sonriente, casticista y chistoso. Patino ha metido en su película 20 o 30 años de vida española, y ha metido, sobre todo, el apretado haz de lo autobiográfico colectivo, poniéndole el corazón sepia de nostalgia y fácil de canciones, para terminar con aquellas estrofas dolientes e inolvidables: “Hojas somos en el viento que con giro raudo y lento van y vienen sin cesar”
Francisco Umbral. LA VOZ DE ASTURIAS. 21 noviembre, 1971
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(...) Es difícil no reconocer detrás del burbujeante collage de Patino una crispada sesión de sofá de psicoanalista a nivel de colectividad. A mí me parece una sana terapia de reconciliación y si las risas y aplausos que se sucedieron en la noche de su primera presentación pública en Barcelona tienen algo que ver con el exorcismo, mejor que mejor.
J. E. Lahosa. TELE/EXPRES . 18 de septiembre, 1976
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(...) A través de una estructura bastante compleja, esta película insólita, en la que cada pieza contrasta con la siguiente para provocar nuevos significados, desborda los límites usuales del documental. Es mas bien una experiencia casi pavloviana, en la que el conjuro de imágenes y sonidos provoca el disparo del mecanismo de los recuerdos, impulsando al público a poner lo que falta, a completar la película en su guisa. En este sentido, Canciones para después de una guerra no es otra cosa que una inmensa magdalena proustiana, que se ofrece al espectador a modo de relectura irónica, amarga y entrañable, de la España franquista.
Un exorcismo que, desató el enojo del señor contra el juglar y el ansia de borrar su obra del mapa. Sólo que, por ironía de la Historia o por suerte de justicia poética, suele ocurrir que los señores desaparecen, pero los juglares quedan.
José Luis Guarner. CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO. 1976
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Canciones para sobrevivir.

Cuando finaliza Canciones para después de una guerra uno siente ganas de aplaudir. ¿A Patino, el lúcido director del filme? Quizá también a él, desde luego, pero yo diría que uno quiere subrayar el hecho de encontrarse vivo, la esperanza que da estar aquí. Que uno quiere afirmarse en su respirar diario, frente a la reciente peripecia de unos años difíciles. Que uno desea transmitir a los demás esa clave súbitamente percibida, entre compases populares y retazos de la historia más reciente -hilvanada en un bello collage, con trozos de NO-DO y recortes de periódicos- de eso que Laín acaba de acotar como “a qué llamaos España”.
(...) Una radiografía lírica y afectiva. Una historia de amor.
Basilio Martín Patino ha visto esto, y lo ha contado de forma impecable cantando. Su película es como esa copla que se oye en la tarde, cuando el corazón mira hacia el horizonte y aspira a que en el mundo se haga paz.
Miguel Ángel Gozalo. MADRID. 23 de junio, 1971

(...) “La película que más me ha gustado, de todas las que se han hecho en España, es Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino, y es porque es una película viva, documental, con gente y cosas que han pasado de verdad y que están viviendo. Esa es la clase de cine que a mí me interesa.
Declaraciones de Manuel Summers a FOTOGRAMAS. Noviembre, 1972
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Canciones para olvidar una guerra

Un día, cuando tengamos todos tiempo, nos sentaremos al calor del brasero en la mesa camilla y, mientras echamos una brisca, nos contaremos mutuamente, usted señora, usted señor, un servidor y demás familia, la feria de la posguerra, tal y como nos fue. Nos la contaremos a nuestro modo, a sabiendas de que en nuestra memoria opera la falacia psicológica de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
(...) Contaremos, por ejemplo, recuerdo a recuerdo, lágrima a lágrima, risa a risa, ternura a ternura, odio a odio, sueño a sueño, cómo aquellos años nos dejaron jorobetas para siempre, con una joroba mental y física que nos sale a relucir de vez en cuando y que nuestros hijos acarician hoy como si fuera santa, como invocando a la lotería de la suerte que tienen de no haber nacido antes. Contaremos, sin quererlo, cómo hicimos nosotros de hormiguitas durante un inacabable invierno que duró lustros, mientras muchos hacían de cigarras. Y cómo gracias a nuestro esfuerzo colectivo se construyó la casa donde hoy vivimos todos. Y cómo gracias a todo lo que nos quitamos nosotros de la boca, hoy comemos casi todos. Y cómo y quiénes soportamos aquella época y su peso muerto. Todo esto viene a cuento, no de pasar factura alguna, sino de que he visto la película Canciones para después de una guerra (...)
Fernando Castelló. DIEZ MINUTOS. 1976
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Canciones para después de una guerra (I)

(...) Es el montaje como creación. El conjunto tiene más poder que los fragmentos, que no son limítrofes los unos de los otros, sino que se engarzan y penetran. La sensación preeminente es la simultaneidad de aquel caos de guerra y posguerra. Aflora un sentimiento único de piedad, de piedad hacia nosotros mismos. La leve ironía de la película nos hace pensar, al cabo de los años, que los españoles de entonces se tomaron por más malos de lo que eran realmente, y así aquellos españoles y su mundo aparecen para el espectador de hoy, bajo una aureola de inocencia, y el espectador se siente aliviado e incluso feliz.
Hay una creadora tristeza en la película, que viene a ser como el sueño angustioso de un niño. Es como si todos aquellos sombríos acontecimientos fueran nubes que pasan por encima de las cabezas de seres imaginarios en cuya realidad hubiera algo falso. Y siendo de esa manera vemos hoy que lo sublime, lo desgarrador, lo cruel, las felices esperanzas, las desesperadas lágrimas, las multitudinarias emociones y la soledad, fue perfectamente innecesario.
Esta película es una de esas obras de arte que operan en sentido contrario al de la ciencia. La ciencia consiste en reducir los hechos maravillosos a hechos condicionados, a consecuencias lógicas. Pero esta película, debido a una constante incitación a la nostalgia, convierte en hecho maravilloso el hecho abrumadoramente lógico de la posguerra. El fenómeno clave es la nostalgia, que llega por vía de las viejas canciones. Unas canciones en las que para muchos reaparece a trasflor no la historia de la guerra o de la posguerra, sino de la historia individual de cada uno, la perdida juventud, cuya tierna rememoración incluye también, sin remedio la de aquel paisaje de desolación. En este sentido la película es a la vez equívoca y clarificadora. Es un reto a la capacidad de reflexión de cada espectador. (...)
Cándido. ABC. 18 de julio, 1982
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Canciones para después de una guerra (y II)

Cruzamos nuestra infancia con la de los niños que aparecen en la película de Basilio Martín Patino. Ahí está el tejido de melancolía del que está hecha Canciones para después de una guerra. El sentimiento del niño subyace en toda la cinta como una apelación, como una protesta, como un quejido, como un juicio. Hay una teología del niño en cuanto aparece a la vez como víctima y como redentor.
Martín Patino va intercalando de manera consciente y sistemática las terribles imágenes de los niños. El niño muerto que extraen de entre los escombros después de un bombardeo. La imagen insoportablemente dolorosa de un niño que extiende la mano con un plato vacío. La íntegra soledad del niño solo en el andén, no recibido por nadie, no esperado por nadie, niño sin pasado y sin futuro. Los niños detrás de unas rejas, mirándonos. Los niños desarrapados y macilentos que toman el sol del invierno en la calle, que comen de sus platos de mendigos. Niños de cabeza rapada, como provenientes de un campo de concentración para niños, que intercambian sus queridos cromos. Hileras de niños atónitos en los comedores de Auxilio Social. Niños a quienes les inician en la oración en medio de una apoteosis de símbolos políticos. Niños a quienes les imponen de penitencia tres avemarías. Niñas escuálidas a quienes instruyen para el hogar enseñándoles a barrer antes de hacer la cama y les hablan del tifus como si les hablasen del amor. La flor de un beso de un niño y una niña. Un guardia que ayuda a unos niños a cruzar la calle y lleva el más pequeño en brazos. El niño que no estudia la Historia de España, como encabezando la rebelión silenciosa de todos los niños españoles. Los niños bien vestidos, bien puestos, con papá y mamá, niños que nos hacen pensar en los hijos inmortales de los estraperlistas. La pareja de niños que baila la jota. Los niños gitanos que bailan flamenco. La niña, virgen y mártir, de Manresa.
En medio del paisaje de la injusticia, de la crueldad, de la miseria, aparece el mundo de los juguetes que cantan sarcásticamente el calor de la infancia. Muñecas, el tiovivo, King-Kong, Superman, payasos, marionetas, los comics de Roberto Alcázar y Pedrín. Al fin -nada es casual, nada es arbitrario en esta película que narra una inmensa arbitrariedad- se ve a un niño estudiando en un pupitre, a Juan Carlos, que nos mira también desde la lejanía. Todo, la tragedia y la esperanza, aparece en esta película en forma de niño.
En el fondo de los letreros que dan la ficha técnica de la película en la que intervienen "millones de españoles", aparecen sendos retratos de un niño y una niña de primera comunión. Y la guerra sigue en el mundo, sigue más allá de nuestras fronteras. Es un vertiginoso caos en el que se mezclan Hitler, Mussolini, Stalin, las matanzas de judíos, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. No habría bastantes árboles para colgar a los culpables, no hay bastantes llanuras para enterrar a los muertos.
Es irracional y absurdo cuanto se desprende de las imágenes de la película. "Lo absurdo -dice Camus- nace de la confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo" (...)
Cándido. ABC. 20 de julio, 1982
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Visto y no visto
Canciones

(...) Se oyen canciones políticas, militares, folklóricas, populares. Se ven imágenes de asambleas, bombardeos, desfiles, hambre, colas de Auxilio Social, talleres, teatros, bailes, trenes de la División Azul, repatriados de Rusia que llegan en el “Semiramis”, fragmentos de películas españolas, anuncios de periódicos, hombres que salen de la prisión y se reúnen con sus familias que esperan a la puerta, niños evacuados que vuelven a sus padres, procesiones, rosarios de la aurora, corridas de toros, el entierro de Manolete, fútbol, calles de Madrid.
La contemplación de fragmentos de vida real es apasionante, y conmueve a los espectadores. Todo, desde lo casi patético hasta lo más trivial, desde lo sentimental hasta lo grotesco. No sé cómo ven esta película los jóvenes que no han vivido esos años; si son inteligentes, puede servirles para “ver”, aunque sea de manera muy parcial y estilizada por el montaje y el acompañamiento, algo de la realidad española anterior a sus vidas, o a sus vidas adultas; sería bueno que hicieran un esfuerzo por olvidar lo que creen saber, lo que les han dicho o han leído, y trataran de entender por sí mismos cómo fue aquello, cómo “tuvo que ser aquello”, para que fuesen así las esquirlas que la película presenta.
Para los que tenemos edad suficiente, los que hemos vivido –¡y cómo!- aquellos años, estas “Canciones” nos van trayendo fragmentos de un mundo que se pone de pie en la memoria y en ella se integra.
(...) El valor de Canciones para después de una guerra es considerable, y su composición muestra un trabajo de rebusca, meditación, composición e interpretación que justifica su éxito. Por debajo de todo ello aparece una vez y otra un pueblo vivo, real, verdadero, expresivo, de carne y hueso y sangre y risa y chabacanería y capacidad de aguante y dignidad. (...)
Julián Marías. LA GACETA ILUSTRADA. 1976
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Un filme singular

Nuestro crítico de cine, Pedro Crespo, publicó un informe de ese documento cinematográfico y dijo de él: Canciones para después de una guerra es una obra de arte ejecutada con un pudor y una minuciosidad increíbles y con una gracia, una ternura, una tristeza, una nostalgia y una alegría vitales”
La película no se proyecta en público porque ha sufrido –dicen- serios contratiempos en el Ministerio de Información y Turismo. Frente a la noticia facilitada por Pedro Crespo, se ha publicado en EL ALCÁZAR, un extenso alegato: -“Canciones para después de una guerra o llanto para después de una paz”- que firma Carlos F. De Avellanos, en el que se arremete contra el filme con la misma furia loca con que don Alonso de Quijano, el Bueno, arremetió contra los molinos y las ovejas manchegas. Avellanos termina así: “Y si a la estupidez se le agrega la inconsistencia, la ligereza de criterio, la inmadurez, la facilidad para el pesimismo, la tendenciosidad demagógica y el deseo de levantar fantasmas, tendremos el tono de esta cinta, tan desdichada como inoportuna, tan falsa como inconveniente, tan tremendista como irreal”.
(...) Basilio Martín Patino ha hecho algo más serio. Se le podrá discutir, pero no insultar. La agresión personal no es el camino más recto para demostrar al auditorio los yerros del contrario.
Antonio Izquierdo. ARRIBA. 6 de junio, 1971
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(...) Al director Basilio Martín Patino se le “encendieron bombillas del subconsciente” cuando en un viaje en coche Carmen Martín Gaite se puso a canturrearle viejas letras de Concha Piquer. Patino tuvo la impresión de que aquellas canciones despertaban “asociaciones que, sin saber por qué, aportan explicaciones sobre zonas de nosotros mismos”. Y comenzó una intensa búsqueda “de materiales ya históricos -recuerdos, objetos, voces, fotos, datos, fragmentos de películas, etcétera -, a falta de poder recuperar también la magia de sus perdidas sensaciones, sus significados o sus sentimientos”.
(...) Los responsables del Festival de San Sebastián, no sólo la rechazaron indignados, sino que alertaron a las más altas autoridades franquistas, hasta conseguir que el mismísimo almirante Carrero Blanco tomara cartas en el asunto nombrando una comisión especial.
El estudioso Ernesto J. Pastor Martín ha logrado sus informes, en los que, entre otras lindezas, puede leerse: “Nada se salva de la implacable sátira, ni la Monarquía, ni la Falange, ni la Iglesia. Hasta con Auxilio Social se ceba la saña rencorosa del autor”. “No aparece ni una sola de las conquistas y logros del régimen, sino todo lo que pueda malinterpretarse”. “Se socavan los cimientos mismos de la Patria”. “No se aprecia en ella crítica constructiva, sino el propósito de ridiculizar cuanto le resulta incómodo al guionista en una visión amarga, personalista y demoledora”. “En definitiva, película anti-régimen, de pésima intención, seguramente impregnada de bilis de algún rojo derrotado, y sin respeto alguno para la Religión ni para los valores morales, que ha de indignar a todo buen español”.
Diego Galán. EL PAÍS. 31 de mayo, 2003
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Basilio Martín Patino es el responsable del inventario canoro de los años de la miseria, el hambre y los fusilamientos y de la antiglosa del caudillo. Es explicable el comentario de Carrero Blanco, el lugarteniente de Franco, tras un pase privado en El Pardo de Canciones para después de una guerra: “A este tío habría que fusilarle”.
Manuel Vázquez Montalbán. FESTIVAL. 19 de septiembre, 1995
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(...) La película de Patino había sido antes propuesta para el Festival de San Sebastián, pero también Echarri la repudió, alegando, asimismo, que podía ofender a rusos y norteamericanos. Falacia demostrada, en su segunda parte, cuando más tarde una representación, de la Academy or Motion Pictures Art and Science pidió a la Dirección General de Cine la película para ser exhibida en Los Angeles International Film Exhibition y recibió la sorprendente respuesta de que tal película no había existido nunca. Al igual que Viridiana, Canciones para después de una guerra, pasó a convertirse en una película “inexistente” a efectos burocráticos. (...) Que es tanto como negar la existencia de un pasado histórico español, al modo que Orwell describe la “destrucción del pasado”en su temerosa antiutopía 1984.
Roman Gubern y D. Font / UN CINE PARA EL CADALSO. 40 AÑOS DE CENSURA CINEMATOGRÁFICA EN ESPAÑA.- Euros. Barcelona, 1965
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(...) Realizado desde la España franquista y para la España franquista, se atiene a las reglas del juego y las burla desde dentro, desde su aceptación aparente. En este sentido, el filme es un modelo de cine libre en un país maniatado.
El ácido se mezcla sutilmente con la nostalgia y la ternura en Canciones. No podía ser de otra manera, dado su planteamiento, en el que Patino hizo un ejercicio de virtuoso en el arte del montaje cinematográfico, otorgando al relato ritmos, aceleraciones y reposos brillantísimos de concepción y ejecución, con sentido de la lectura más allá de las evidencias, en los entrelineados de las imágenes.
En Canciones, Patino hizo maravillas con la complicidad. Imágenes que, para un sueco o un andorrano serían insignificantes, para el español a que iban dirigidas estaban pletóricas de signos inesperados. De alguna manera, Canciones es una de las aportaciones más enérgicas del cine al humor resistencial, ese arte de la supervivencia psíquica que alcanza su pleno desarrollo bajo los cercos de la opresión.
(...) Algunas de sus imágenes son imperecederas; su humor, un canto a la libertad de espíritu bajo la tiranía; y su rara mezcla de subjetividad sobre imágenes objetivas, un hito en la historia del documentalismo.
Ángel Fernández Santos. EL PAIS. Julio, 1982
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Los exorcismos de Patino

(...) La imagen en Patino es la dialéctica pura, la voluntad de servir a una verdad poliédrica y contradictoria que en modo alguno es ni simple ni aséptica.
(...) Patino ama sus imágenes desvalidas, sus recuerdos precarios, pero suyos, porque si renunciara a ellos estaría renunciando a su propia vida.
(...) Mirando hacia atrás con ternura pero también con dolor.
Isabel Escudero. CINEMA 2002. Febrero, 1977.
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Nuestras canciones

A la media hora de proyección estaba hecho una braga y al terminarse ésta también, pero menos, vamos, que se me dibujaba en el rostro una sonrisa, ligeramente forzada, signo, tal vez, de que lo había "entendido" todo y, en consecuencia, como "profesional" que soy -¿acaso no estoy escribiendo ahora sobre este film?- debía sonreír...¿Por qué estaba hecho una braga? Pues porque la película que me mostraban era la mía. Yo era aquel niño -salen muchos niños en esa película- que hace cola para la comida, que saluda brazo en alto, que sale de monaguillo y se fotografía -la foto oficial del colegio- con el mapa de España a la espalda. Y también porque yo era el pobre héroe de la División Azul que vuelve, liberado y repatriado a bordo del “Semiramis”. Y el que baila el “Tiroliro” o el que lee a Carpanta y a Juan Centella y hace los ejercicios espirituales y grita “¡Libertad!” en la calle. Sí, yo soy el niño, el hombrecito y el hombre de esos años de posguerra, producto del miedo, el miedo que me hacía rezar y que, para ahuyentarlo, me hacía bailar el “Tiroliro” con las chachas. No, claro que no: yo no he pasado hambre ni he vuelto a bordo de ningún “Semiramis”, pero me he reconocido en todo ese material porque yo también soy producto de una guerra y no de una victoria.
La película de Patino no puede ser “fascista” de ningún modo. El pueblo español que saluda brazo en alto no es el vencedor, no: es el vencido. Eso ya nos lo mostró muy claramente Patino en Nueve cartas a Berta, en la secuencia de los excombatientes cantando sus patrióticos cantos en la plaza mayor de Salamanca. Los ex combatientes de Patino no habían ganado ninguna guerra, no: al contrario, yo creo que la habían perdido, porque después de una guerra civil los que ganan la guerra son unos pocos y los que la pierden son la mayoría. No; la guerra civil no la ganaron los ex combatientes de Patino: la ganaron los ministros, los tecnócratas y los cientos de señores que no habían pegado un tiro. La ganaron los listos, como siempre; y también algunos de los inteligentes, de los que tuvieron acceso a la inteligencia, como siempre.
La película de Patino tiene por protagonista al niño-hombre y al hombre-niño, al que hace cola con la escudilla con mirada de adulto, y al que regresa en el “Semiramis” y llora como lloraría un niño. Es, claro, película política, pero por encima de cualquier política y de cualquier censura, es película humana, con protagonista humano, niño o adulto, torpe o diestro, gracioso o ridículo, pero siempre con miedo, a medio hacer, modelado por el miedo. (...)
Joan de Sagarra. NOTICIERO UNIVERSAL. 4 de octubre, 1976
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Canciones para la historia

(...) Croce enseñaba que toda la historia es historia contemporánea. El teórico Bela Bàlàsz afirmaba que el filme sólo conjuga el presente. El cine, monstruo de mil rostros, es arte e industria, técnica y espectáculo. Pero también es retrato de nuestro tiempo, documento y crítica, diversión y propaganda.
(...) Un filme para ser histórico no necesita presentarse con el ropaje de época, sino restituir fielmente la atmósfera y los problemas de una época. (...) Canciones para después de un guerra (1971), de Basilio Martín Patino, abre un nuevo modo de hacer cine a partir de la historia.
(...) Pero a esta insidia de la verdad se sobrepone la ironía del contrapunto y del montaje. Ironía que es vivencia del autor y que coincide –es decir, no sólo comunica- con la del espectador para suscitar la misma experiencia de una realidad que se ha debatido entre la imposición de la victoria y la impotencia del pueblo desgastado y roto. Llegado el final del franquismo se permite tardíamente la exhibición del filme. El mérito de Patino esta en haber creado un filme que, más allá del autor, trasciende a experiencia y catarsis colectiva.
J. Ramón Pérez. Ornia. NUEVA HISTORIA. Febrero, 1977
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El curioso caso de Canciones para después de una guerra

Cuatro meses de proyecciones ininterrumpidas, en su pantalla de estreno lleva la película española Canciones para después de una guerra. Y parece tener todavía cuerda para rato...
(...) Cuatro meses de exhibición, a cine lleno, mantienen en el aire la pelota. Quienes hicieron la guerra del lado vencedor o apoyaron y apoyan sus dictados y su carta ideológica, hacen oídos sordos al comentario irónico de las canciones para volver a emocionarse con la gallardía de las banderas victoriosas, las concentraciones en la plaza de Oriente y el reencuentro en el muelle de Barcelona con los repatriados de la estepa...
(...) Por añadidura, es fácil detectar en las largas colas que siguen formándose ante las taquillas, la presencia permanente de la juventud, que quiere conocer “cómo fue aquello”, las “batallitas” que escucharon referir, una y otra vez, a sus papas...Canciones para después de una guerra se ha convertido, adicionalmente, en un título para el hit parade. (...)
Jordán. EL DIARIO VASCO. 5 de marzo, 1977
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Nueve Cartas a Berta

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