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Nueve Cartas a Berta

Canciones para después de una guerra

Queridísimos verdugos

Caudillo

Los paraisos perdidos

Madrid

La seducción del caos

Casas Viejas

 

Ojos verdes

Silverio y el Museo Japonés

El jardín de los poetas

Paraisos

Carmen y la libertad

Octavia

Homenaje a Madrid

Críticas generales

 

 

LOS PARAISOS PERDIDOS


Basilio Martín Patino vuelve al cine tras diez años de ausencia. Un silencio que ha pesado gravemente sobre el cine español último porque suponía el exilio voluntario de uno de sus más hondos, exquisitos y personales creadores. Con su primera película (Nueve cartas a Berta) realizó la mas profunda y humana reflexión que la juventud española de los primeros sesenta hiciera sobre sí misma. Con una complejidad y riqueza de matices, una voluntad de reflexión no desbordada por la rabia que aún hoy sorprenden. Cuando abandonó el cine de ficción para crear un género nuevo en el que viejas imágenes documentales cobraban una vida nueva y distinta al asociarse con determinadas canciones y someterse a un riguroso montaje, volvió a crear otra obra maestra: Canciones para después de una guerra. Más adelante se adentró en un tipo de cine-encuesta -también enfocado de modo nuevo y original– en el que mezcló explosivamente las declaraciones insoportables de los tres últimos verdugos españoles con La Misa de la Coronación de Mozart; se trataba, naturalmente, de Queridísimos verdugos. Después, el silencio.
Ahora, Patino vuelve acompañado por Bach, Scarlatti, y Hölderlin para contarnos la historia de un regreso que en sus manos se transforman en una visión reflexiva sobre la última España.
(...) Como clarísimo alter ego del realizador, Charo López mira a su alrededor con mirada a un tiempo crítica y tierna. En este sentido, Los paraísos perdidos es una de las pocas películas españolas radicalmente autobiográficas, entendiendo el término en su sentido de expresión fuertemente subjetivizada de unos sentimientos íntimos, no en el de crónica de hechos vividos. Lo excepcional es la forma en que esto se narra. Ha hecho Patino un poema audiovisual en el que las imágenes y la música se unen magistralmente, en el que la estupenda partitura de Bernaola (que utiliza materiales de Scarlatti y Bach) se funde con la voz “en off” de Charo López recitando textos del “Hiperión”, de Hölderlin, arrojando una luz nueva sobre las imágenes que las modifica radicalmente. Pensada para ser vista y oída (fenómeno no tan frecuente como podría pensarse en nuestro cine), esta película irrumpe como algo absolutamente nuevo. La crítica italiana en el último Festival de Venecia así lo vió y saludó a Los paraísos perdidos como un filme extraordinario. Tal vez las voces de Erice y Patino –desgraciadamente tan espaciadas, tan poco dadas a prodigarse- sean en términos absolutos las más creativas y personales de nuestro cine (...)
COLON. ABC . 5 de diciembre, 1985
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(...) Los paraísos perdidos no es la clásica autobiografía filmada, digamos, en primer grado: está claro que el autor, camuflado tras Charo López –que no es mal camuflaje-, no nos cuenta literalmente su vida, sino sus vivencias, sus sentimientos, sus ansias y decepciones-que son también los de toda una generación , su generación. Exactamente como hace 20 años en Nueve cartas a Berta, recuento definitivo de la generación de Patino y de una época del franquismo –hoy auténtica obra de consulta sobre el tema.
Es ostentosamente literaria, con sus citas in extenso al “Hiperión”, de Hölderlin. La primera aparición de la voz en off de ella proporciona, en este sentido, un sobresalto considerable al espectador. Con malvado sentido del humor, Patino repite luego la cita, para revelar que no hace literatura, sino utiliza lo literario. Su uso de Hölderlin, por otra parte, es de doble filo. Las reflexiones del “Hiperión”, en efecto, no son únicamente el cuaderno de bitácora de la protagonista, el espejo de sus sentimientos y cuitas, sino también un punto de referencia irónico con el cual el director modula o corrige la realidad contemplada por su personaje: el fragmento relativo al viaje a Esmirna, por ejemplo, es significativo de la peculiar estrategia narrativa del director.
Es una película claramente highbrow, “de un intelectualismo más bien explícito”, según el crítico italiano Claudio G. Fava –que el pasado día 31 declaraba que Los paraísos perdidos era la película de la Mostra que más le había agradado. En otras palabras, asume su condición de película “de calidad” con todos los agravantes. Este carácter, curiosamente, no le impide tener un feeling considerable, cuando no una real emoción.
(...) Bajo este enfoque la película se ofrece como un retablo de la España socialista -¿un colmado pueblerino convertido en videoclub como sugiere una imagen memorable?- contemplada a la vez con afecto, sorna y melancolía.
Es esta una película muy de Patino: severa, altanera, una pizca desdeñosa, rabiosamente personal, que no cede al compromiso ni concede facilidades al espectador, plenamente susceptible de provocar encontradas reacciones. Una película muy pura, vamos. Por eso se distingue brillantemente, con todas sus virtudes, y limitaciones, del cine español más reciente.
José Luis Guarner. FOTOGRAMAS. 1985
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Gran película con dos pequeñeces

Martín Patino ha imaginado y hecho su película Los paraísos perdidos como quien, idea a idea y sonido a sonido, elabora un poema. El resultado responde milimétricamente a la forma de composición. El filme, mas que relato, es poema; mas que narración de un acontecimiento exterior, es documento de una pausa interior; más que un desarrollo dramático, es una composición lírica. De ahí que busque, antes que las leyes de la novelación o la dramatización, las de la armonía. Los paraísos perdidos es un poema y, como tal, música.
(...) Es por ello un film que no se puede contar, de la misma manera que es imposible contar el sonido del aria de Juan Sebastián Bach con que su autor desvela la estela nostálgica que dejan de las idas y venidas de su protagonista, el retorno de esta –en otro acorde, este hablado, de Hölderlin –a “las regiones abandonadas de su vida”.
En Los paraísos perdidos no hay acontecimientos urdidos y encadenados en una trama argumental, sino sólo esa fluencia, una duración sin desgarros. Nada ocurre fuera del desnudo y envolvente paso del tiempo, atrapado en su suave movimiento y no en sus bruscas detenciones. Los paraísos perdidos es poema, música y, como tales, solo tiempo: ese tiempo interior de la vida que llamamos muerte o, en su imagen exterior, camino hacia ella, envejecimiento. Lo dicho encubre una evidencia de tipo técnico, que puede decirnos algo mas de la naturaleza profunda del filme. Los paraísos perdidos es un documental antes que una ficción. De ahí el predominio del montaje sobre la puesta en escena; del ritmo y la cadencia sobre las situaciones. Patino es, por ello, fiel a si mismo, a su intransferible experiencia personal del cine.
Su primer filme, Nueve cartas a Berta, era también de esta noble especie, y era hermoso. Más tarde, Patino buceó en la ficción convencional e hizo un filme mediocre, Del amor y otras soledades. A partir de entonces su trabajo se concentró en filmes documentos y en trabajos en salas de montaje, donde adquirió su maestría.
En Los paraísos perdidos hace un alarde de esa maestría: es un filme documento prodigiosamente montado. La perfección –que roza lo sublime- de la cámara de Alcaine y la intensidad y acoplamiento .que roza la filigrana- de la banda sonora con la imagen, colman de rara hermosura a esta compleja obra cinematográfica, en la que los actores parecen levitar en ese interior de las imágenes. Patino ha manejado una materia cinematográfica exquisita y difícil, que como tal va a resistirse al consumo fácil propio del cine de argumento y de acontecimiento.
En la casi totalidad del filme, su autor es consecuente con el alto riesgo de su aventura poética, y esto le honra. (...).
Ángel Fernández-Santos. EL PAIS 2 de diciembre, 1985
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Un libro, una ciudad, una historia

Los paraísos perdidos no es sólo la mejor película española de la rentrée, sino el más convincente testimonio de la rigurosa trayectoria artística de uno de nuestros cineastas mayores.
La película no es fácil, pero a nadie que se abandone sin ideas fijas a su flujo de hermosas imágenes le resultará difícil de seguir y disfrutar; la película es descaradamente personal, pero a nadie con un mínimo de sensibilidad histórica y curiosidad estética le podrá dejar indiferente.
Los paraísos perdidos, además, es varias películas, o una obra que permite fijar nuestro interés en registros distintos, incluso contrapuestos.
Es, en primer lugar, el reencuentro con la ficción de un director que no hacía cine desde 1976, y cuyas tres últimas películas habían sido documentales de archivo o reportaje.
Pero al mismo tiempo es la insinuación de un imposible regreso a la ficción narrativa tradicional: el film esta muy cargado sentimental e históricamente, pero audazmente desdramatizado, articulado formalmente sobre la base de estampas separadas, páginas de diario y anotaciones marginales, tanto paisajistas cómo anecdóticas.
Es también una película sobre un libro fascinante (el “Hiperión”, de Hölderlin, cuyas citas tan sutilmente guían y marcan los estados morales y las ensoñaciones del personaje central, que interpreta con su habitual calidad Charo López) y sobre la fascinación de una ciudad (Salamanca) y un entorno físico y monumental, el de la alta Castilla.
Es, por último, la mirada ácida de un exiliado interior (el propio Patino) al presente marco intelectual de su país.
Es, en suma, una gran película que ennoblece el cine español en uno de los momentos más denostados de su historial reciente.
Vicente Molina Foix. CAMBIO 16. 4 de noviembre, 1985

(...) El intento de hallar una plataforma para la salvación: tal vez la infancia, tal vez la tierra, tal vez la memoria, tal vez los antiguos ideales. La pretensión de construir el futuro sobre los cimientos mismos del pasado. La ilusoria tentativa de que la nostalgia sirva para encarar el porvenir. El refugio final en los territorios más íntimos. La certeza de que, pese a tanta quietud, se impone seguir andando.
Los paraísos perdidos es un título de sabor agridulce, que evoca felicidad y tristeza, plenitud y carencia, sentido y desconcierto. De todo ello habla la película haciendo honor a la poética que el mismo título sugiere.
La protagonista exorciza sus pequeños –aunque no inofensivos- demonios recostándose en la traducción al castellano del “Hiperion”, del poeta romántico alemán Hölderlin, cuyos párrafos más sustanciosos llegan al espectador con una voz en “off” que vierte al exterior el monólogo interior de la mujer.
Esos textos bellos, diamantinos y precisos expresan a la perfección los devaneos del espíritu de esa mujer: sirven para diagnosticar la realidad, concuerdan con sus preguntas, aparecen como respuestas, se acompasan con su necesidad de sublimar las cosas, le abren a la esperanza o le cierran el horizonte.
Decir que, por mor de la utilización de esos textos, el film de Patino es una película literaria supone, a mi juicio, una reducción miope y torpe de Los paraísos perdidos. La estructura fragmentada y dispersa del guión, su disposición en escenas breves, su ritmo de pasos cortos, la elaboradísima interrelación entre las acciones, las palabras, los sonidos, y las imágenes de la película proclaman su carácter rotundamente cinematográfico, que absorbe el texto de Hölderlin como un elemento más de un conjunto minuciosamente planeado y resuelto.
Del mismo modo, y pese a indagar reflexivamente en cuestiones de enjundia notable, Los paraísos perdidos mantiene una conexión con las sensaciones y los sentimientos que la aleja del peligro de intelectualismo, aunque –qué duda cabe- la función intelectual –junto al aliento poético- esté en su origen.
La hermosísima fotografía de José Luis Alcaine se atiene en todo momento a las exigencias de la historia, siempre a salvo del esteticismo. Una preciosa casa solariega, un atardecer anaranjado o un amanecer azulado por el frío están ahí para traducir visualmente los paisajes interiores de los personajes –o para servir de contrapunto- en ningún caso para ser un valor añadido que compense de presuntas insuficiencias.
Los paraísos perdidos es, en el fondo, una obra musical, una película tan armoniosa y cadenciosa como el aria de Bach que se escucha en algunas secuencias. Patino ha vuelto fiel a sí mismo, coherente con los supuestos de aquella Nueve cartas a Berta, de hace veinte años, de la que Los paraísos perdidos es una prolongación lógica, madurada por el tiempo, corregida por la experiencia, enriquecida por la vida y templada por una sabiduría que ya han entendido que el buen cine sólo sabe ver el mundo en la hora bruja del alma.
Manuel Hidalgo. DIARIO 16. 19 de octubre, 1985
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La España eterna

Este filme tiene una gran belleza y un ritmo muy personal, nacidos de una dramaturgia que no se parece a la de ningún otro, basada en una recuperación del paisaje y una exploración permanente del recuerdo. Las palabras de Holderlin, en “Hiperión”, constituyen el eje del examen vital que lleva a cabo la protagonista de Los paraísos perdidos, una mujer exiliada en Alemania que vuelve a España para ver a su madre. Patino reencuentra con este trabajo el mundo de Nueve cartas a Berta, realizada hace veinte años, con una coherencia ejemplar y un intento de redescubrir y poner de relieve los cambios y transformaciones de unos personajes muy similares que viven en un mismo escenario provinciano, marcado por el pasado y el inmovilismo vital, al margen de las apariencias renovadoras.
Patino Es un intelectual español con una gran formación literaria y un regusto por el paisaje y por las cosas de este país que le emparenta casi con la generación del 98. Como algunos de sus miembros posee una densidad cultural y un pesimismo mitigado por el humor y la ironía, que le hace ver a sus compatriotas con una cierta desesperanza. Patino, como realizador, no halaga nunca al público; no le ofrece situaciones hechas, según los cauces narrativos habituales, sino que le obliga a participar en el relato y a desentrañar las alusiones y pistas encontradas (...)
Antonio Lara. YA. 26 de octubre, 1985
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Los paraísos perdidos es una de esas pocas películas que nos hacen olvidar que estamos en el cine, para dejarnos deslumbrados con el resplandor de la obra maestra, situada en ese altísimo terreno en que un filme, un libro, un gran cuadro “se equivalen”.
(...) “Belleza del mundo, indestructible, fascinante en tu eterna juventud. Tú existes. ¿Qué son pues, la muerte y todo el sufrimiento de los hombres?” Yo creo que la respuesta del filme es que si el hombre es una pasión inútil, hay en él y en el mundo más cosas dignas de admiración que de desprecio.
Más que contarnos una historia, que indudablemente la hay en Los paraísos perdidos, Basilio Martín Patino nos propone en su película un gran poema cinematográfico. No interesa tanto la secuencia natural de los hechos como su orquestación, que nos conduce de la mano de la belleza a una aceptación de la condición humana, de la irremediable olvidanza de la historia, de la necesidad de convivir con la desesperanza y la realidad.
No se trata de una película “fácil”, pero el esfuerzo que nos exige vale la pena.
Joaquín Aranda. HERALDO DE ARAGÓN. 11 de diciembre, 1985
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Los paraísos perdidos de Basilio Martín Patino, muestra, en primera instancia, la coherencia ideológica y estética de este director curtido en el documental. Un filme donde se percibe todo el desencanto de una generación que ha aprendido a estimar los pequeños placeres de la vida cotidiana, harta ya, como aquí se nos dice, de confiar en las promesas de los políticos. Y cansada, asimismo, de buscar refugio en ámbitos laborales o literarios casi siempre insatisfactorios. Yo he creído ver en Los paraísos perdidos un acto de total lucidez. Basilio Martín Patino procede a un ajuste de cuentas con unas gentes y un paisaje –el castellano- que han influido decisivamente en la configuración de su personalidad. Ahora bien, la lucidez mental del propio Patino y de la protagonista, esa mujer madura encarnada sobriamente por Charo López, al rememorar, al volver al pasado, lo hacen para superarlo, para construir, a partir de él, una nueva vida. Y esa valentía les lleva a renunciar a las nostalgias cómplices y castrantes, a aventurarse por nuevas tierras, nuevas gentes y nuevos afanes: supone un gesto adulto que nos hace amarlos todavía más desde la comprensión por sus fracasos y la ternura por su sensibilidad vulnerable.
Traducir “Hiperión”, de Hölderlin, en el filme, no es una opción literaria superflua. En absoluto. Es un signo de identidad que nos esclarece la auténtica voluntad de renovación, de cambio profundo, de regreso a lo carnal y concreto, asumida serenamente por ella. Es una forma de sintonizar con un poeta/guía, que la ayuda a exorcizar antiguos temores y miedos, a conjurar fantasmas y recuerdos perdidos. Literatura y cine, situados en ámbitos específicamente distintos, pero que sensitivamente se complementan e iluminan.
Vicente Sanchis. LEVANTE. 17 de octubre, 1985
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La rendición de la esperanza

¿En qué fibra de nuestro entramado molecular nace la nostalgia? ¿Cuál ha de ser la composición del encuadre que consiga transmitirla? Basilio Martín Patino tiene en Los paraísos perdidos la clave de estas preguntas. Cineasta y hombre de la cultura sin concesiones.
(...) Encumbrada por la crítica europea en la pasada Mostra de Venecia, Los paraísos perdidos es de esas raras películas que trascienden lo cinematográfico para situarse en el terreno del acto poético en su vertiente más sutil y a la vez directa del hecho comunicacional. Martín Patino se limita a presentar los efectos del tiempo, vinculándose a través de un personaje complejo pero cercano. El tránsito de la protagonista –una Charo López más atractiva, eficaz y aprovechada que nunca- desde sus vivencias pasadas hasta un presente en el que las sombras y las brasas sustituyen a los cuerpos y al fuego, está tejido con la certeza y la pasión que sólo la madurez creativa sabe dar. Se destila del relato la sencillez y rotundidad del que expresa algo en lo que cree.(...).
Cosme Puertas. LA GACETA DEL NORTE. 12 de diciembre,1985
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Festival de Venecia
Buen pie para Los Paraísos perdidos
Público y crítica alaban la película de Martín Patino.
Los primeros compases de la competición no han podido sonar más armoniosos para la película de Basilio Martín Patino Los paraísos perdidos, que abrió el concurso cinematográfico y la competición española en Venecia. Fue un clamoroso éxito en su presentación oficial en la sala grande.
Si la reacción de los asistentes fue entusiasta, no ha sido menor la de la prensa italiana, que se ha encendido con la desatada declaración íntima de Patino, y con los rasgos oscuros y misteriosos de Charo López (algún diario, incluso, desata las referencias a Ava Gadner).
E. Rodríguez Marchante. Enviado especial ABC. 28 de agosto, 1985
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Riddley Scott, tan esperado para la jornada inaugural ha fabricado en Legend un aburridísimo cuento de hadas, con despilfarro de efectos especiales. (...) Nos ha interesado mucho más la española Los paraísos perdidos de Basilio Martín Patino, escrita y dirigida con aquella sentida inspiración que le acompañaba en el debut, hace veinte años con Nueve cartas a Berta (...) Patino es muy valiente al expresarnos sus dudas y sus destellos de esperanza, entre la nostalgia del pasado y el consuelo en la armonía de la naturaleza. (...) Licenciado en Letras, Patino no olvida sus raíces en la atenta observación de la nueva realidad española con breves apuntes psicológicos y sociales en una atmósfera melancólica cargada de destellos de felicidad. Un cine intimista que se alimenta de los estremecimientos de la memoria.
Giovanni Grazzini. CORRIERE DELLA SERA. 27 de agosto, 1985

Esta película representa la inteligencia contra el consumismo, la verdad opuesta a la mentira, la simplicidad que se impone a la tecnología, lo hecho a mano que prevalece sobre la máquina industrial
David contra Goliat. Un filme tierno y contradictorio, sincero y noble.
Tullio Kezich. LA REPPUBLICA. 27 de agosto, 1985
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XLII Mostra Internazionale del Cinema

(...) De él recordamos Queridísimos verdugos, rodado en la clandestinidad y premiado en Taormina, al final del régimen franquista. Vuelve ahora al cine después de algunos años de experimentar en el mundo del nuevo medio electrónico. Y él regresa con el ánimo de analizar desde el presente el recuerdo del pasado. Un film refinado y pleno de vibraciones recónditas.
Guglielmo Biraghi. IL MESSAGGERO. 27 de agosto, 1985
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Un enmarañado mundo de emociones, con la doliente verdad poética de Hölderlin. El filme de Patino se arriesga hasta la complejidad, y luego su aparente fragmentación narrativa se transforma en sustancia de recuerdos, emociones, pasiones y tensiones, a modo de memoria, entre documental y onírica.
Sauro Bolleri. L’UNITA. 27 de agosto, 1985
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Reflexión agridulce sobre la España de los recuerdos, que no puede ser el paraíso de la utopía. Para el espectador avisado, la verdad de la película emerge en filigrana. Quien se confiesa no es la mujer que interpreta Charo López, sino el director Patino, a quien, como sucede con muchos hombres, les gusta hacerse representar por una mujer.
Alfio Cantella. GIORNALLI. 27 de agosto, 1985
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La Voz de la protagonista recitando a Hölderlin convierte la estructura narrativa en ritmo, música y reflexión a la vez, con un efecto de intensidad y de rigor acorde con una dirección limpia y esencial, sin concesiones a los convencionalismos. Y al mismo tiempo personalísima, equilibrada, con una visión crítica, rigurosa y profunda.
Claudio Trionfera. IL TEMPO. 27 de agosto, 1985
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Una mujer, encarnada por la bellísima Charo López, que recuerda a la lejana Ava Gadner. Como siempre, los hombres, cuando se refieren a sus propios sentimientos, cuando se deciden a poner al desnudo su sensibilidad, prefieren hacerse representar por una figura femenina. ¿De qué pensamientos, de qué emociones se hace un filme como Los paraísos perdidos?
Anna María Mori. LA REPUBLICANA. 27 de agosto, 1985
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