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LA SEDUCCIÓN DEL CAOS
La seducción del caos o la quiebra del espejo audiovisual
Seducido por el caos, por la abundancia y la confusión promiscua en la que se mueven hoy en día los medios de comunicación y los mensajes audiovisuales, Patino se introduce en las cañerías del sistema y, como si fuera un ratoncillo travieso, se pone a jugar. Su afición lúdica predilecta consiste en dedicarse a romper espejos, haciéndolos añicos en busca de la verdad que oculta el azogue. Y lo que sucede es que, en el juego de la televisión y la comunicación, a cada espejo roto le sucede uno nuevo, y además todos ocultan lo mismo: simulacros, apariencias o mera representación. De estos hallazgos y de estas perplejidades habla La seducción del caos: imágenes articuladas que se proponen como texto legible para interrogar al espectador sobre la naturaleza de la verdad y de la mentira, sobre los límites entre la ficción y la realidad, sobre la frontera entre los dogmas y la cultura. (...) Y la mejor manera de aproximarse a esta reflexión la proporciona el propio Basilio Martín Patino. Lejos de toda sospecha doctrinaria y de toda pretensión por señalar caminos excluyentes.(...)
“Espejito prodigioso: ¡dime la verdad!”
(...) Como si estuviéramos en el “teatro de la indiferencia” con el que John Berger identifica los modos de comunicación en la urbe moderna, aquí “las apariencias ocultan el fracaso, las palabras ocultan los hechos y los símbolos ocultan sus referentes”. Se nos introduce en una galaxia llena de signos equívocos y ambiguos, donde nada es lo que parece y donde toda realidad se desvela como ficción, donde toda apariencia se descubre como representación. La propuesta de Patino viene a desarrollar en profundidad y en extenso la interrogante que ya se planteaba el protagonista de su película anterior (Madrid, 1987) al preguntarse si la realidad podía llegar a convertirse en ficción por el sólo hecho de pasar a través del objetivo de una cámara... Pero volvamos a la lógica de John Berger, que –quizás de manera inconsciente- parece haber inspirado la articulación del discurso propuesto por Patino: “Cuando se toma por verdad una mentira, la verdad real convierte a la falsa en una verdad meramente teatral” Esta es la premisa de Patino que, de manera cíclica y repetitiva, organiza el encadenamiento sucesivo de falsas verdades, de apariencias desveladas, de mentiras y representaciones, en el organigrama de La seducción del caos.
(...) En todos los materiales que se utilizan para desarrollar esta investigación existe, empero, un elemento de autoconciencia, todos enuncian y señalan la cámara que los filma: nunca ocultan su condición; más bien la proclaman y la subrayan.
(...) Lo que hacen es imitar la gramática del telediario, reproducir la torpeza de algunos movimientos de cámara, falsificar supuestos programas de archivo, copiar la estética de un video familiar, simular los lugares comunes de los informativos de actualidad. Tienen la apariencia de “datos reales” cuando en realidad se trata de sucesivas representaciones audiovisuales.
(...) El juego tiende a desenmascarar la supuesta fiabilidad y verosimilitud, la pretendida objetividad de un medio (la televisión, fundamentalmente) como espejo de la realidad.
Al mismo tiempo este discurso va siendo punteado por la intromisión de otro documental que se ofrece como un discurso elaborado, hasta cierto punto ficcional: son los diferentes bloques de “Las galas del emperador”, el programa que (supuestamente) Hugo Escribano estaba realizando para la televisión ante de precipitarse los acontecimientos que ponen en marcha su detección.
(...) Se entra también en un universo visual conscientemente diferenciado. (...) Es más: sus imágenes están firmadas, porque se nos dice que es un trabajo escrito y realizado por Hugo Escribano.
(...) En su interior se habla de desdoblamientos, de restauración y falsificación (...) de la necesidad de cuestionar todos los dogmas para llegar a restituir el goce estético ahora secuestrado por los arquetipos que los expertos y los oráculos de nuestra cultura sacralizan desde cada tribuna.
(...) “La dudosa sustancia de cuantos determinismos conforman este final de milenio en el arte, la religión, la ciencia, la política o los medios de comunicación”
(...) La seducción del caos es una propuesta insólita: espejismo o negación de sí misma, parece construida no sólo para relativizar toda posible certeza, sino también para relativizarse a sí misma como tal. Este movimiento autorreflexivo, tendente a poner en cuestión los propios resortes y mecanismos que articulan su escritura, se extiende y contagia a todo el armazón narrativo y especulativo que lo sostiene.
(...) Esta espiral de falsas apariencias y equívocas certezas llega a su cenit cuando el narrador se desvela como una impostura en sí mismo, como mera apariencia externa de un robot que pregunta dónde está la verdad.
(...) No se trata de un discurso nihilista, pero sí de una reflexión escéptica: una divagación sobre la necesidad de aprender a convivir con la incertidumbre (con la duda, con la interrogación) para no enfangarnos en la búsqueda dogmática de certezas inamovibles o totalitarias. (...) En definitiva, para desvelar las dosis de representación que subyacen a todo discurso audiovisual, por mucho que éste pretenda legitimarse como “espejo de la realidad”, caso de los telediarios o de los informativos de televisión. Y es contra este espejo, esencialmente, contra el que chocan las imágenes de la película al proponer a los espectadores una participación cómplice y activa en un juego cuyo principal aliciente consiste en curiosear al otro lado del azogue.
(...) Interrogaciones, sospechas y preguntas que exigen, para ser despejadas o respondidas, la quiebra del espejismo, la ruptura del contrato de confianza firmado entre el espectador y las convenciones de los medios.
(...) Aquí radica la mayor lucidez que desprenden las imágenes del filme, su activa conexión con la efervescente galaxia contemporánea en la que se mueven los medios de comunicación. Aquí es donde La seducción del caos deja de ser un espejismo para convertirse en una reflexión crítica y penetrante sobre la mirada opulenta y sobre las mitologías de la modernidad. En definitiva, un espejo de cuantos simulacros, apariencias o representaciones dan cuerpo a las formas de la cultura moderna que nos alimentan a diario.
Carlos F. Heredero. ARCHIVOS DE LA FILMOTECA. Valencia, abril/junio, 1992
La seductora producción del caos
(...) Quizá uno de los mayores logros de la película resida precisamente en la capacidad de Patino para superponer constantemente diversos niveles de representación.
(...) Lo que de verdad importaba era sugerir con la mayor fuerza posible la capacidad seductora de ese caos fundamental que puede horrorizar a primera vista pero que atrae en el fondo de modo irresistible. Y es curioso comprobar que, al intentarlo, Basilio Martín Patino ha puesto en pie una obra que es la síntesis y la culminación más acabada de sus trabajos anteriores y, a la vez, un planteamiento nuevo, extraordinariamente original en el panorama del audiovisual contemporáneo, y decididamente moderno, en el sentido más noble de la expresión: moderno porque se propone integrar con plenitud las formas de expresión de los diversos medios actuales (cine, televisión video...) y moderno porque conecta directamente con las preocupaciones más acuciantes en el campo de la comunicación, pero también en el de la ciencia o la filosofía. Todo ello, aunque el propio Patino se empeñe en decir que La seducción del caos es sólo un “divertimento en imágenes”, mientras destacados especialistas en filosofía de la ciencia, por ejemplo, ven en ella un planteamiento extraordinariamente atrevido y lúcido de las cuestiones que más interesan hoy en esos ámbitos.
Juan Antonio Pérez Millán. ARCHIVOS DE LA FILMOTECA. Valencia, abril/junio, 1992
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Basilio Martín Patino: pensar la Historia
Aunque Patino llevaba ya varios años trabajando con el vídeo, va a ser con La seducción del caos cuando se presente ante el público español e internacional con un producto explosivo, lleno de complejidad y problemas, que va a merecer el premio FIPA de oro a la mejor película para televisión en el Festival de Cannes, e incluso un pase por la segunda cadena de TVE a una hora de máxima audiencia.
En La seducción del caos la televisión se presenta como una reflexión sobre el medio desde el medio mismo.
(...) Su capacidad para hacerse espectáculo sobre la base de lo verosímil. Un verosímil que, sin embargo, se sustenta sobre la creencia común en lo que es la verdad.
Y aquí viene el problema. El único cuerpo de referencia, el único nombre que existe realmente en La seducción del caos es el del acusado. Un acusado que a su vez se presenta como acusador en su serie documental, como fiscal de las creencias comunes. Un fiscal que, mediante la falsificación de las pruebas que le autoacusan, ha demostrado ser al mismo tiempo un gran falsario. El cuerpo de referencia es autorreferencial: es el cretense que dice que todos los cretenses son unos mentirosos. ¿Dónde está la verdad? La verosimilitud del discurso de su serie documental sobre las mentiras de la civilización se basa por su parte sobre las pruebas que ofrece.
(...) En La seducción del caos, Patino casi se ha liberado, como en un juego de abstracciones, de la diferencia que opone narración a documental, ficción a realidad. Lo ha hecho imitando las características del medio televisivo, el cual, como cajón de sastre donde cabe todo, ha llevado hasta su máxima potencia el alejamiento de lo orgánico. Manteniendo las pistas que permiten distinguir la obra como una ficción o un juego, Patino señala la importancia de la manipulación de la imagen, introduce el tema del falsario, lo subraya con sus referencias directas a La dama de Shanghai e indirectas a Fake, de Welles.
En La seducción del caos testigos, investigadores, pruebas audiovisuales, discursos, todo queda impregnado por esa potencia de lo falso que se hace coincidir con el medio mismo y con los recursos, narrativos o no, de que el medio dispone.
Fernando González. FILMHISTORIA. Volumen VII. Número 2 - 1997.
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El traje del emperador
(...) La figura de Escribano se forma ante los espectadores a través de una combinación de géneros televisivos –telediarios, reportajes, programas culturales, magazines, entrevistas, series documentales, imágenes de archivo, etc.-, todos ellos perfectamente reproducidos o, podríamos decir, falsificados. Pero el personaje principal de la obra no es el tal Hugo Escribano, sino la propia televisión, a la que Patino hace desfilar por su mismo territorio y provista de sus mejores galas. El programa se articula a través de una referencia constante al cuento de Andersen sobre el traje del emperador, pero en este caso resulta que es el propio emperador el que se decide a contar su historia, impúdicamente desnudo ante sus súbditos.
El repaso de formas genéricas, de modos de representación que supone La seducción del caos, este ensayo sobre la retórica televisiva y, por lo tanto, sobre los límites de la realidad y la ficción en un mundo en el que el acceso directo a lo real se ha vuelto más que improbable, se establece en torno a una sombra, la de un falso personaje, maestro de un cinismo nostálgico que así se constituye en un genuino tipo psico-social. ¿Cuál sería la diferencia, si en lugar de una falsa biografía, es decir, una ficción, la obra de Patino partiera de una verdadera biografía, es decir, una ficción en grado menor? Una de las máximas que enuncia este pensador inexistente que es Escribano (inexistencia la suya que, sin embargo, sirve de plataforma para que en la pantalla se exprese, como digo, un verdadero tipo social) se refiere a la incompatibilidad efectiva que hay entre simulación y democracia. Teniendo en cuenta lo fácil que resulta reproducir las formas retóricas, como demuestra Patino, cabe suponer que es en éstas donde reside la verosimilitud, ese sastre de la ficción que también ejerce de secretario de la realidad, y que por lo tanto es en esta verosimilitud donde se instalan los límites de la verdad contemporánea y su gestión que denominamos democracia.
El falso documental de Patino es también un film-ensayo, pero la trascendencia de esta parte de la obra es menor en comparación con los otros planteamientos que la misma propone. En todo caso, el proyecto didáctico que emprende Patino se encuentra muy lejos de aquél que en su momento impulsó Rosellini al dejar el cine precisamente por la televisión. En lo que va de 1968 a 1991, las cosas han cambiado sustancialmente. ¿Cómo es posible seguir apelando a la transparencia de las imágenes cuando la realidad cotidiana se filtra a través de telediarios codificados como cualquier género y con tendencia a hacer espectáculo? En esta situación, Patino prefiere apelar al engaño. La apuesta parece ser muy sencilla: si la televisión acapara la realidad y esconde la verdad tras formaciones retóricas, habrá que atacarla con la mentira, para que, de una vez por todas, se entienda que esas formaciones retóricas no son más que mediaciones al servicio del mejor postor. Poniendo, por lo tanto, en escena un falso telediario. Es una posición extrema que tiene la virtud de situar al documental clásico frente a su imagen en el espejo, es decir, ante un nuevo género que se tiende a denominar falso documental, ignorando con ello el oximoron que supone todavía la propuesta (...)
Josep Mª Catalá. IMAGEN, MEMORIA Y FASCINACIÓN. Notas sobre el documental en España. Festival de Cine Español de Málaga. 2001
En las fronteras
(...) La seducción del caos se coloca limpiamente, y ya desde la secuencia de apertura, bajo el signo de la duda, de la ausencia de certezas.
(...) En una descripción primaria, el filme de Patino muestra la biografía más bien poco edificante de un intelectual que, licenciado en filosofía en los años sesenta, participaba del espíritu del antifranquismo militante; en los setenta se convierte en una autoridad universitaria, y en los ochenta, en eso que hoy se conoce, un tanto depectivamente por un intelectual à la page.
(...) Hugo Escribano/Alfredo Marsillach es una suerte de “todólogo” que puede perorar sobre cualquier cosa, un personaje-vedette multimediático que resulta, a la postre, lo contrario de un pensador riguroso y exigente. El personaje Escribano es uno cualquiera, existe, puede ser; es más: es. Su recorrido personal y científico lo llevará desde la militancia política activa hasta el cinismo igualmente militante, parábola mayor que engloba al intelectual colectivo en la España de los últimos veinticinco años.
(...) Ya no nos resulta incómodo el poder, afirma Escribano, y es preciso convenir con él –con Patino- que es una verdad cierta: el poder nos ha acostumbrado a vivir bajo su sombra tutelar y amenazante sin sentirnos especialmente marcados, perseguidos, deshumanizados: basta tan sólo con seguir las pautas marcadas.
(...) Personaje incómodo y a contracorriente, el espectador jamás terminará de entender a ciencia cierta las motivaciones de su comportamiento.
(...) Sobre esto, como sobre tantas otras cosas, Patino se limita, socrático, a sembrar incertidumbres. Es la suya la actitud más respetuosa que puede tener un creador respecto a su potencial espectador: tratarlo como un ser inteligente, vale decir, no marcarle pautas rígidas de lectura, limitarse tan sólo a introducir trayectorias que, tal y como se presentan, pueden asimismo ser desdeñadas. Que las conclusiones corran por su cuenta, parece decir.
(...) Ni tampoco por ese otro, entrañable, magníficamente descrito por los otros, in absentia, que es Alberto Torres. Auténtico final de raza, este personaje parece construido a partir de sus semejanzas con otros hijos de familia pudiente.
(...) El cineasta intenta desmenuzar aspectos que, como el concepto de ídolo, el papel de la religión, la fuerza de los principios o el poder de los mitos como “espejos fascinantes”, forman parte de la herencia cultural que todo período histórico recibe del que le precede.
(...) Frente a la banalidad o a los cada vez más publicitados fastos con que se rodea el poder; frente al mecenazgo con el cual los así llamados poderes públicos han vaciado de contenido cualquier manifestación cultural, (ejemplar es, en este sentido, la secuencia de la inauguración por la reina Sofía de una exposición pictórica en la cual los invitados, ex ministro Semprún incluido, desdeñan olímpicamente realizar aquello para lo cual, es de suponer, han sido invitados: mirar los cuadros) es difícil sostener que la cultura tenga hoy por hoy ningún sentido.
(...) A la postre, a una concepción activa de la cultura contemporánea sólo le queda el terrorismo cultural mejor entendido: la falsificación. Aquí es cuando, inevitablemente, La seducción del caos más se parece a Fake: cuando, siguiendo la estela propuesta por Welles, Patino amplía el concepto de falsificación del terreno pictórico al de la edición, (...), en un mundo en el cual la obra de arte sólo tiene valor de cambio, basta con sustituir la noción de autor para poner todo el tinglado comercial del arte en entredicho.
(...) En última instancia, repensar la cultura es reivindicar el simulacro, parece decir Escribano -¿Patino?- Al hacer esto, el creador de La seducción del caos propone ni más ni menos que la muerte del concepto clásico de cultura. Y de la política: no basta ya con afirmar la voluntad de volver a los días de la ira. Cuando éstos lleguen, la ira será necesariamente otra, porque también la cultura será otra. Cultura de la nada, cultura del abismo presidida por el tótem majestuoso de la televisión.
(...) Hay que admirar la valentía, la firmeza y la coherencia que el salmantino pone a la hora de realizar su película.
(...) Su función es otra: la de provocar en aquellos que se sientan involucrados, convocados por la ficción, una reflexión de mayores alcances.
(...) Patino lo pone de manifiesto con el ejemplo; el film es precisamente la óptima constatación, por oposición, de la pobreza abismal en la que ha caído la programación televisiva.
(...) “El espectáculo no es identificable con el simple mirar, ni siquiera combinado con el escuchar. Es aquello por sus propios medios. El espectáculo es la reconsideración y la corrección de su obra. Es lo opuesto al diálogo. Allí donde hay representación independiente, el espectáculo se reconstituye”. (Guy Debord: La sociedad del espectáculo)
Mirito Torreiro. ARCHIVOS DE LA FILMOTECA. Valencia, abril/junio, 1992
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