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“Una obra de fuste, que tiene pinta de convertirse irremediablemente en una de esas raras películas que seguirán viéndose dentro de cincuenta años, porque se escapa de ellas el sello o indicio de permanencia que desprende siempre el tacto de la sabiduría al ser atrapado por una pantalla”. “Cine de la modernidad, de ese cine/ indagación, de ese cine/ provocación, desvelamiento, descubrimiento, herida abierta al que tan poco acostumbrado está el espectador contemporáneo. Y como tal, como objeto que provoca la discusión, que hace pensar, es una película para pelearse con ella a brazo partido: para compartir, para negar, para adherirse, para rechazar sus contenidos.” “Uno de los ejercicios poéticos más lúcidos que se han visto en el cine en muchos años, una demoledora reflexión sobre la pervivencia de lo retrógrado y la imposibilidad del cambio profundo, un palmetazo en plena cara de lo caduco, lo provinciano y lo cutre”.
“Impregnada de principio a fin por “esa lucidez terrible que nos reconcilia con la vida”. “En las recias e inteligentes, hermosas y graves imágenes de Octavia, culmina por ahora la inmensa mirada de Basilio Martín Patino. Al subsuelo del lugar y del tiempo en el que le ha tocado vivir y del que su identidad de artista se yergue y alimenta”. “Los salmantinos tienen sobrados méritos, son muchos siglos de impulsar el conocimiento aún a costa de ser incómodos. Para celebrar su capitalidad han tenido la audacia de buscar a un cineasta que incomoda”. “Y como esos dioses borrachos del final de la obra, me he dejado embriagar por la fuerza de las imágenes y de los planos inéditos que Patino logra de Salamanca y algunas dehesas que surca el río Huebra. Están tomadas desde atalayas y lugares que le han sido afortunadamente proveídas y que él aprovecha de manera formidable para ofrecernos las más bellas estampas de esta tierra que yo recuerdo desde que soy hombre”. “Hacen falta años para que surja una grandísima película. Pero merece esperar el tiempo que sea para que eso ocurra. Y ahora ha ocurrido: el cine español ha alumbrado Octavia”. “Octavia es una película densa, ambiciosa y considerable, que exige la máxima atención del espectador, acostumbrado en exceso al cine sonajero. Tras el ir y venir de los personajes se embroncan reflexiones, pasiones y sentimientos. Y todo ello contado con una sutil precisión y una crepuscular puesta en escena, en la característica longitud de onda de este perito en administrar sus silencios”. “Obra-memoria y ensayo lírico a la vez, Octavia no pertenece al campo de la narrativa. Nadie debería buscar en sus imágenes las pautas dramáticas, los códigos de verosimilitud o los esquemas propios de la representación naturalista, porque la verdadera naturaleza de la propuesta (más cercana a las reflexiones en voz alta insertas en algunas obras de Godard, en ciertos ensayos de Chris Marker, en algunas propuestas de Straub y Huillet) es otra muy diferente”. “Octavia, la apuesta cinematográfica más radical del cine español estrenado comercialmente en los últimos tiempos, quizá por eso mismo también la más ignorada, e incluso despreciada, tanto por el público como por la mayor parte de la crítica. Pero la complejidad de Octavia es tan turbulenta como fascinante, desconcertante. Hay en ella un juego de texturas sonoras sólo comparable al que urde Jean-Luc Godard en Éloge de l’amour... De la misma manera, las imágenes juegan consigo mismas en mezclas inverosímiles, conversaciones casi imperceptibles entre documental y ficción, misteriosos encadenados que quiebran los modos habituales de percepción del tiempo y el espacio por parte del espectador. Y, en fin, los registros, los tonos narrativos, son tantos y tan variados, del folletín a la tragedia griega pasando por el melodrama y la saga familiar, que la película sólo encuentra su punto justo precisamente en ese desequilibrio, reflejo de un país en perpetuo estado de confusión. Octavia transcurre en un único tiempo, el retorno del protagonista a Salamanca, su ciudad natal, con la excusa de participar en un congreso. A partir de ahí, no obstante, se despliega la práctica totalidad de la historia de España, e incluso de Europa, desde los años veinte hasta la actualidad, sin ningún flashback propiamente dicho. La misma ciudad actúa como una tela de araña de la que parten innumerables hilos que enlazan pasado y presente, los espectros del fascismo y su pervivencia soterrada, bajo otros disfraces. Las generaciones se suceden a través de una historia que siempre se repite y que deja heridas cíclicas, incurables, sobre todo a quienes pretenden quebrar su curso implacable. Como la colmena de Víctor Erice, la Salamanca de Patino, es la metáfora del país entero, sumido en un clima enrarecido, detenido en el tiempo, como los representantes de esa oligarquía en decadencia que se resiste a desaparecer. Sus hijos, quienes creyeron en la utopía y quizás lucharon por ella en el exterior, regresan ahora como Ulises de pacotilla. Y los descendientes de estos vagan como fantasmas por un territorio neblinoso que no saben ni quieren explorar; Octavia, la supuesta nieta del protagonista, entregada a un hedonismo desesperado, jamás podrá redimir a la tribu con su sacrificio”.
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