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CRÍTICAS GENERALES


La mentira verosímil

“La televisión va a ser definitivamente la historia”, sostiene la voz en off, y enuncia con ello una intuición que bien pudiera ser entonces la del propio Patino al plantearse esta saga de falsas crónicas históricas elaboradas con tantos materiales reales como invenciones fantasiosas. En su interior, la ficción se viste de crónica para emprender un vuelo imaginario alimentado por la realidad, sin que esta última haga pesar sobre la fantasía servidumbres o ataduras de ningún tipo.
Nada es realmente lo que parece, nada responde de manera fehaciente a la realidad que se toma como referente dentro de este juego endiablado en el que, por otra parte, su creador propone un discurso que habla en el fondo de verdades como puños con imágenes ficcionales que se hacen pasar por reales sin dejar por ello de delatar, a veces de manera subterránea y sutil, su propia condición. Es un juego triple, si se quiere: de ida, vuelta y regreso para inventar primero una ficción, revestirla después con las apariencias de la crónica documental y delatarla, por último, como producto de la imaginación, pero todo ello simultáneamente y sin subrayados explícitos.
Un juego que tiene, sin duda, algo de vampírico, porque Patino encuadra, planifica y monta “a la manera de”, imitando diversos modos y formas de representación, de tal manera que estos simulacros son los que confieren a su propia representación, por paradójico que pueda parecer, un “plus” de verosimilitud, ya que no de autenticidad. El documental, el reportaje televisivo, el noticiario de actualidades, la vieja película soviética de montaje, la urgencia de los telediarios y algunas otras variantes se mezclan y se superponen dentro de una textura ecléctica, cuyo propio tejido y composición la delatan como inevitablemente posmoderna sin hacer dejación, en este caso, de una compleja dimensión dialéctica y reflexiva.
Es también un juego lúdico, concebido a la vez como divertimento y como guiño, como burla irónica sobre las pretensiones de autenticidad del discurso histórico: ese mismo discurso que aquí se descubre hecho de materiales poco fiables y que, a pesar de presentarse con las apariencias y con los códigos del documental, no tarda en revelar su carácter de construcción ficcional. Y es que, si “las mistificaciones son tan reales como lo real”, según las palabras de Marc Ferro, está claro que ni el cine ni la televisión pueden presentarse ya, en el momento presente, como simples ventanas sobre el universo, sino que “constituyen uno de los instrumentos de los que la sociedad dispone para ponerse en escena y mostrarse”.
Lo de menos, entonces, es que las imágenes sean o no reales, que guarden una mayor o menor pertinencia en relación con su referente, porque de lo que realmente se trata, al fin y al cabo, es de que la elaboración visual de aquellas, su articulación gramatical y narrativa, consigan edificar un discurso en si mismo reflexivo y coherente, capaz de integrarse en la memoria cultural utilizada como referente.
Y en efecto; la mirada irónica de Patino sobre esa construcción no interfiere ni obstaculiza la verosimilitud, la legibilidad y la coherencia del discurso narrativo. Se trata de una mirada interna, cuya distancia respecto a lo que se cuenta no se impone desde el exterior ni esteriliza la puesta en escena de forma artificiosa. El sentido del humor se cuela con sigilo y casi de puntillas entre fotograma y fotograma, la mayoría de las veces sin hacer ostentación, sin delatarse nunca como tal. Los guiños están incorporados a los códigos que se utilizan y no buscan la complicidad distante y desengañada del espectador, sino, en todo caso, su colaboración libre y activa en el juego.
No ha dudado Patino, para ello, en lanzarse abiertamente por el camino que ya había ensayado antes en La seducción del caos: la exploración a fondo de las posibilidades expresivas de la imagen electromagnética, del diseño por ordenador y ahora también de la infografía. Lo que le interesa no es tanto, sin embargo, “la creación de espacios artificiales y simulacros”, porque –sabio y veterano al fin y al cabo- sabe perfectamente que “las transgresiones tienen que venir de la cabeza”, según le hace decir al personaje que más claramente le sirve como vehículo: Stephan Lupasko, el veterano y derrotado protagonista de Carmen y la libertad.
Representación irónica y reflexiva de una representación previa, la crónica histórica de Basilio Martín Patino se ofrece a los espectadores como espejo apócrifo de la memoria social y cultural de Andalucía. En sus imágenes se hace verdad aquello que comenta el narrador de El jardín de los poetas, y es que , si el cine es el arte de que sucedan las cosas que no suceden para que así podamos pensarlas como si existieran, entonces la televisión consistiría en presentar como bellas mentiras lo que si ha podido existir...
Carlos F. Heredero. “LA HISTORIA COMO REPRESENTACIÓN Y EL ESPEJO APÓCRIFO”. ARCHIVOS DE LA FILMOTECA nº30. Valencia. Octubre, 1998

 


 

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